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martes, 29 de noviembre de 2011

ÁGAPE DE ESPECTROS DE FELIX MENDEZ



Apareció al fin el libro de Félix Mendez, después de haber resultado ganador del concurso de Poesía convocado por la fundación Yacana hace muchos meses atrás, la editorial Katatay, tuvo la osadía de sacar ala luz el libro del conocido personaje Feliz Mendez.





Quienes conocen al autor comprenderán a la perfección el libro, Félix nos trae un suculento libro, cocinado no solo en las ollas, también en el cuerpo, el deseo, el viento, las verduras y todo lugar donde el autor ha estado, aquí los tubérculos, las verduras, leguminosas, frutas menestras, y toda clase de carne se mezclan y dan como resultado final un jugoso y además apetitoso menú o por qué no decirlo, exquisito buffet, quienes deseen, degustar de este ágape el cual Félix, nos brinda, pos aquí les damos un aperitivo, que estamos seguros quedara nada mas entre sus dientes, o en medio de los ojos, y por qué no, entre sus pupilas. Deguste lector.




Hahego

Elegí las ciruelas desde su cuerpo
Siento el frío desde tu cuello.
Habrá hambruna en invierno.
Alguna vez comimos ajos y nos besamos.
Unas borbotas humedecieron.
¿Y para cuándo los dulces?
Porque el alimento, aunque pútrido, sigue siendo alimento
Haz que trague el reloj.
Fraguaré entre tus piernas una descendencia comestible.
Desnudos y viendo el sofito. El hilo cose nuestros labios.
Roí desde sus venas.
La insignia ingresa tras el sacro.
Velita roja surcando la vulva para encenderse ahí.
La delicadeza de las gotas de la vela
sellando la epístola del acecho.
El corazón es el alma de la vulva y de la velita
Porque dejo caer una hoja de coca entre la niebla del invierno.
Empavonada hasta la escarcha.
Dios ve y ventea su espíritu.
La cruz cae sobre el aderezo.
La religión cuece el alimento, lo maldice mil veces.


Orado

Chocolate, avena, canela y trigo.
Triunfa la mañana. Botellita de costados.
Quién salva al rey hambriento.
Quién dicta el incendio y la traición.
Señor doctor de guisados y desaguisados.
Café. Confía el dulzor en la amargura.
Llueva señora, llueva sobre mi mientras un niño mendiga mi desayuno,
Porque en la radio se prepara muy bien el alimento del día,
Y cuando dios tiene hambre no convida,
Salvo un gran zarpazo de agua salada. Hella dijo alguna vez que mi espalda
Estaba salada.
Morir en el mar de un verano desaparecido, porque entre los bebés un can encontró si alimento,
Porque entre varios pellejos encontré el mejor nombre. Escuela de ayunos.
¡Ay, señora! no reniegue mientras el guiso se pierda en un velorio.
Ingredientes, ingredientes y preparación de un ser infeliz. Vida.
Se burlan los niños, se burlan los ancianos, mientras los cuerdos instalan relojes inexactos
Y un atrio sirve de escupidero. Palomas cuyos mensajes caen en mi cabeza,
Porque eché un costal de osamentas en un perol
Y un presidente se persignó. – yo también tengo hambre – dijo.
Le serví una constitución derruida por sí. Llega un helicóptero y su sonido extravía los recuerdos
Las emociones varían según el reloj despertador.
Sí, hállame en la brizna que una hormiga carga como pan para mayo.
Aunque en octubre aquel señor deba en su andar ir por el río
Morado y disculpado. Nos moriremos al azar. Echo el maíz morado y pienso en el nuevo pan.
Sueña el catador de brebajes para sombras.


Inconcluso

El cuino en el horno tiene sueño.
Tú también lo tendrías aunque muerdas la manzana heladísima.
El pan, el té y la dádiva de las sierpes
Arpía. El brujo se persigna.
Vuelve el chamán de dudas.
Qué tesoro se deja ver. El que no lo quiere ser.
Echaré margarina en tu desolado cuerpo.
Romero y orégano.
Un líquido oscuro y salado.
El mar quieto te espera tras la puerta.
Tiembla el miedo y el mar.
La valentía de una efigie ante la pedrada.
En un convento oigo como ingieren alimentos. El rezo alimenticio.
Yo tuviera la necesidad de las presas.
Desnudo alimento. Mi espíritu acariciando su sombra con mi sed.
Jugueteo con una caigua.
El espectro se posa en la mesa y desata sus zapatos. Los luce.
Pregunta.
Se acaricia el rostro, el dorso y las piernas.
Zulema. Deja caer el alimento.
El sueño despierta al sueño.
Y en la tibieza de un error nace la hoguera.

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