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lunes, 13 de julio de 2015

"COMO BARCA ENCALLADA" DE MARLET RÍOS




La barca encallada de Márlet Ríos

   Decía el poeta Javier Sologuren que si un hombre cumple los 25 años y sigue escribiendo poesía, ya es un poeta. Márlet Ríos, según la contratapa de este su segundo poemario Como barca encallada en la arena, ha pasado ya esa barrera de años y los catorce poemas, más los dos relatos breves que aparecen al final de esta publicación lo confirman en nuestra literatura. El poeta Alberto Benavides decía que: “(…) no hemos progresado en muchas cosas, pero poesía (de la buena, -agregaría yo) nunca nos ha faltado”. Y ya sabemos que las presentaciones poéticas no son algo que reúnan multitudes, sobre todo la poesía de vates en ciernes. Escribir poesía implica haber vivido algo y haber leído más que los otros. La poesía escoge sin más, sin que el poeta tenga ningún derecho que alegar. En Márlet Ríos (poeta de origen talareño) sucede esto y sucede también que el ejercicio poético no ha de precipitarlo ni al mal ni a la desgracia. Digo esto porque, él, sin sobresaltos, se traslada por las fuentes mínimas  y máximas del lenguaje, hacia el interior de su ego y hacia el exterior de su álter ego, para entregarnos, en esta oportunidad, excelentes textos.

   Desde su primer poemario Balada de Crates, y otros poemas, se percibe ya la indagación y búsqueda de un lenguaje que se acomodara a su voz. Y con estos poemas que no son ni herméticos ni de lenguaje impersonal, se puede afirmar que son creaciones con lenguaje directo y sencillo, y con ciertos rasgos irónicos, es decir, que con ellos el poeta ya se ha forjado un estilo definido, empleando frases cortas e imágenes que evocan la influencia libre de sentimientos, rehusando de la retórica altisonante y directa. Sin embargo, como toda gran poesía, está inmersa en su época y bebe de su historia tanto social como individual. Pero  vayamos por algunos de ellos.

   Con el poema “Halley” (y siguiendo el orden, es el segundo que aparece en este poemario) nos ofrece una lectura personal del paso de dicho cometa, hecho que se vivió en el año 1986 no solo en el Perú sino en otras partes del planeta. Dice el poema: “La lluvia de estrellas / que deja a su paso el cometa / irrumpe con fuerza por la madrugada. / Los fuegos artificiales danzan sobre / nuestras cabezas”. Para los especialistas el cometa Halley es el único de periodo corto (puede oscilar entre 74 y 79 años) que es visible a simple vista desde la Tierra, y también el único que quizás aparece dos veces en una vida humana (de hecho, el nacimiento y la muerte del escritor Mark Twain ocurrieron muy próximos a apariciones consecutivas, en 1835 y 1910. Con “Halley”, el poeta transmuta los hechos, poco cotidianos, en poesía, pero no de un modo confesional que atosigue al lector, sino con una carga sentimental no exenta de ternura, evocando también al ser amado, el cual le da realidad y vuelve más cierto a ese hecho cósmico que gracias a su contacto llega la iluminación, pero, como dije, es recién con la presencia del ser amado que todo cobra sentido para el poeta: “(…) la cola del cometa de cientos / y cientos de km. meneada / con cierto garbo y sensualidad, pero / mucho menos llamativa que la tuya, / pasa rozando la ventana de / la habitación dejando en el aire / un universo de partículas distantes”. Lo cierto también es que para el poeta, no es lo común, sino lo extraordinario y apocalíptico que ocurre cuando pasa un cometa.  “Terribles visiones proféticas ponen / de relieve lo fatal que resulta / atravesarse de golpe en su trayecto / la temida colisión con los fragmentos / del núcleo aviva ancestrales temores”. Puede interpretarse también que con el poema “Halley”, como en algunos poemas del libro Las inmensas preguntas celestes de Antonio Cisneros, se aborde los cuestionamientos vitales de un hombre que está en el medio del camino.

   La poesía de Márlet Ríos asume la vida como materia poética. Por ejemplo, en el poema “Nikos”, muestra con imágenes sencillas la inocencia de su hijo, quien, como todos los niños está lleno de preguntas infantiles, preguntas que lanza a la abuela, la mujer sabia, voz de la experiencia y de respeto en toda familia. Dice el poema: “Mi hijo sonríe y canta como un niño feliz / Le pregunta a la abuela sobre los bailes de moda / Ella no se incomoda ni se sonroja. / Los bailes indecentes y pornográficos de  los adolescentes”. Aquí lo cotidiano abarca una considerable importancia. El poema también es una vuelta a la infancia que solo es posible a través de dos instancias: la de Nikos (el hijo) y la de la abuela, ordenadora y llena de sabiduría que pertenece a un mundo orientado hacia la exterioridad frente a un mundo carente de sentido. Al final del poema aparece la imagen del padre como interpelado por lo que hace su hijo. Dice el poema: “Y si bailara más gozosamente más endiabladamente / con todos los otros niños felices sociables y nada serios del mundo / tan diferente a su padre”. Este poema también, de alguna manera, enfrenta al lector con el niño solitario que, en mayor o menor medida, todos llevamos dentro, sin que nos angustie el pasado y el futuro.

   En la lectura de estos textos también encontramos un afán antirretórico, es decir, se deja de lado las frases melodiosas, pero sin perder el tono lírico como sucede en su “Cementerio marino” que no son más que versos escritos a manera de haikus. “Moscas danzan sobre / la arena que cubre / restos de un pelícano”. Este poema se puede considerar como una crítica a los versos de largo aliento con cierta carga épica. En la brevedad, belleza, parece decirnos el poeta. Si los poemas en verso largo sugieren un ritmo pensado y meditativo, estos haikus son propios de una lectura centrada en las imágenes. Por otra parte, el poema “Música barroca”, también de versos cortos, vemos que está ejecutado en pausas musicales, tan afín a una sensibilidad onírica. En él encontramos la presencia del fuego, que es lo que destruye y hace danzar a los personajes en una iglesia, lugar donde se encuentran los hombres y su divinidad, para vivir y morir. “Una iglesia ardiendo con / llamaradas de furia / enormes como una catedral gótica (…) / Las turbas danzan / al calor de ídolos y símbolos / vacíos / abrasados / por lenguas ígneas (…) / una muchacha de rostro lánguido / recoge flores negras / en medio de un altar / que se reduce a polvo”. Se ve también como contradictorio el título, pues la música tiene poder vital, esa música barroca que purifica a las personas, que les devuelve la inocencia original y los identifica como seres humanos, y en ese fuego no solo se ve la destrucción sino que también se puede ver una expresión de los tormentos de unos asociados con la idea de la maldad de otros.

   En general, estos catorce poemas que aparecen en esta barca encallada no son ni de desencanto ni de total ironía, son poemas que rompen con la dicotomía poesía pura y poesía social que caracteriza a otros poetas de la generación posterrorismo. Su lenguaje se aleja de lo académico y se acerca a lo vital, en razón también de la común influencia de la poesía simbolista francesa más que de la poesía anglosajona. Desde el título se puede percibir el ánimo de esta publicación, pues, una barca en la arena es no estar activa, es querer estarse quieto para interrogarse sobre las cosas de la vida cuando se ha llegado a una edad madura. Es como querer parar lo indetenible, lo que está o debe estar en constante movimiento, y es querer hacer del tiempo una rémora. En general, estos poemas han sido escritos en diferentes épocas con claves de lectura que llevan a la vida del poeta en una épica de lo cotidiano, producto de una notable maduración en el oficio literario.

   En la segunda parte del libro subtitulada “La soportable brevedad del ser”, aparecen dos textos: “Las ruinas de la cuarta dimensión” y “La constelación”. En estos dos breves y ágiles relatos, asoma –como en toda obra- no solo una ética y una estética sino también una cosmovisión que nos traslada a la época preinca con sus dioses inmisericordes y sus construcciones de barro. En uno de los párrafos de “Las ruinas de la cuarta dimensión” dice: “La huaca era un importante centro ceremonial donde los antiguos hacían sacrificios para sus dioses y vaticinaban el futuro”. Y en el texto “La constelación”, dice: “la pirámide trunca, bajo el amparo de la deidad luminiscente, se podía divisar a la legua. Los prisioneros permanecen en la habitación frente al altar de los grandes sacrificios. Murales de pulpos con cabeza de serpiente y cangrejos terroríficos hacían más siniestro el cautiverio”.
En los textos se respira también la presencia importante del mar, por no decir que es uno de los significantes recurrentes. (“Cuando escapaba, me vinieron a la memoria los largos paseos por la playa, cuya arena mojada acariciaba mis pies descalzos”.). El mar, ese universo solitario con que el narrador va a confrontar su mundo interior. Ese mar que prefigura el mundo y la vida como ese espacio de la inmensidad y la ensoñación. En general, son textos escritos con una mirada no la del escrutador que descubre y disocia sino la de un tenaz viajante que quiere reencontrarse con algo que ha vivido en un tiempo pasado. Los personajes que aparecen son símbolo de una vida libre y renovada, pero se ven como envueltos en creencias supersticiosas o del más allá, ajenos a todo lo que se vive en las ciudades modernas y decadentes. Desde otra óptica, hay como un encuentro de los mundos (el de la niñez y la adultez) donde se desprende claridad y vitalidad de las imágenes. El lenguaje es fluido y directo. Quizá una de las apuestas más destacables de los dos textos es la economía de las palabras. 
Para terminar, afirmo que Márlet Ríos hace de lo cotidiano lo universal, lo eterno. Él pertenece a una generación de poetas, entendidos no como quienes se dedican a escribir versos sino como quienes se ocupan de materias eternas y universales alejadas de toda ideología y/o metafísica. Con imágenes sencillas muestra un aislamiento que es más bien una postura literaria, y seguro una constante en sus siguientes obras.   


Miguel Hernández Sandoval (Miraflores, 4 de diciembre de 2014


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