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miércoles, 21 de julio de 2010

SOBRE BI-REY-NATO DE JULIA WONG


por Gisell Klatic


Al ingresar al mundo poético de Julia, finos hilos de plata se van tejiendo en nuestro interior. En cada enlace se escuchan acordes que vibran entre la súplica, la fortaleza y la fe. Y todas las notas son tocadas, de ahí que ella haya utilizado el siete, un número mágico y perfecto que simboliza la relación entre lo divino y lo humano, para la estructura de un libro que busca el equilibrio. La autora compone una melodía de 14 poemas. Los primeros siete, divididos en la primera y última parte del libro, representan aquella fragmentación, el desencuentro con dos ciudades distintas y por ende, con ella misma; y el otro grupo de siete, concentrados en el corazón del libro, revelan una voz poética que deambula como un fantasma tratando de encontrar un territorio físico y emocional.

Nos encontramos ante un libro cuyos versos remueven, desordenan, arrancan nuestra estabilidad. Un libro que busca la unidad, reconectarnos con nuestra esencia para finalmente encontrar un suspiro de esperanza. El tema medular del poemario es el desarraigo, sin embargo, en mí encontró aquel territorio que la autora busca desesperadamente en sus letras. Un lugar para echar raíces y crecer, incluso cuando sus hojas dejaron de brotar. BI-REY-NATO es un libro con secuelas y efectos secundarios, que reverbera en la mente y nos invita a un recorrido intimidante para enfrentarnos con nosotros mismos y cuestionarnos.

Quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos. Estos son algunos de los cuestionamientos que plantea el libro desde una voz femenina que grita, que se revela, que llora, implora, reza. Una voz que se siente de todas partes y de ningún lugar en particular.
BI – REY – NATO, como curiosamente lo escribe la autora, quiere revelar el conflicto que supone el mestizaje en la construcción de la identidad. La contradicción del ansia de pertenecer a un espacio que acoja y sustente las características físicas, las costumbres y la historia de un individuo, frente a la sensación de saberse parte de un todo, del ser un mismo espíritu, sin diferencias ni límites.

Uno de los poemas que más expone el tema del desarraigo es “una mordida en el ombligo”. El ombligo, símbolo del centro y la estabilidad, que representa la profundidad, la conexión con nuestros orígenes, con la madre, con el nacimiento o el renacimiento a una nueva vida. Y también, significa la rabia visceral, porque la voz poética siente que le han arrancado esa estabilidad.
Es aquí donde se revela una línea autobiográfica. Se revela Julia, la de Chepén, la de Buenos Aires, la de Macau, la que convive con el alemán, el inglés y el español, aquella que extraña sus raíces orientales pero se siente sanada por un hombre con pala, quena, una hoja de coca y un pedazo de piedra rosada. La que ha nacido en un país en donde nadie parece nada, porque somos una olla en donde se confunden las voces, en un Perú que le duele y que ama a la vez.

El conflicto de la voz poética es ser siempre migrante, hasta en su propia tierra. Su esencia está partida, sus orígenes seccionados. Ella es de ningún lugar y de todos los lugares a la vez. Y por eso su vida es un constante desplazamiento, una búsqueda, un tránsito. Quiere encontrar un lugar en el mundo que le pertenezca, que la acoja y en donde no se sienta una impostora.
Pero todo está al revés. Por eso, se engomina la boca de algún brillo barato o se echa carmín rojo en las uñas. En el poema número dos de “Una mordida en el ombligo” dice: Y yo quería ser blanca y rubia, porque Jesús / cristiano pudo ser ario o semita, cualquier cosa, / menos una mezcla de cosas raras y nerviosas con / panza como yo”.

El desarraigo físico también significa un desarraigo emocional. Y si el amor es un territorio, también se siente desarraigada de ese territorio. De la misma manera en que ella no pertenece a ningún lugar, tampoco siente que pueda pertenecerle a un amor. Su voz es una voz fronteriza entre la soledad y la necesidad de compañía. Quiere y no quiere ser amada. Y dice: … Quédate, ven, vete, / ilumíname, / apágame, / rómpeme.

Pero aún tiene esperanzas. La divinidad es otro tema recurrente en todo el libro. La voz poética todavía cree, reza, ruega. Quiere ser salvada por hombres magos y por Dioses humanos. Hombres de tierra y cuchillo que rezan conjuros y Dioses panzones como ella. Todavía cree que va a llegar un hombre que la comprenda, que la salve, aunque sea un espejismo. Porque el ser humano necesita de espejismos para sobrevivir.

Su dolor va más allá de las razas, de las geografías. Ella quiere ser uno, quiere ver más allá de las máscaras humanas. Su búsqueda no sólo es física y emocional sino también espiritual. Ella siente que la religión está muerta, que está muerta de sed, de falsedad y de culpa. Dios está muerto, pero aparece como un ser que mira de reojo por las persianas y ella tiene la esperanza de que reviva desde su interior. Siente que es el único camino que la salvará del desarraigo, de la falsedad, de los espejismos. En el poema “Reencarnación” dice: Dios volvería a vivir si sintiera mi fe.
Y en el poema 6 de “Siete poemas desesperados” pide un milagro por la unidad, por ser simplemente hijos de una sola madre:
(no soy de la sierra, / no hablo quechua, / da lo mismo / ser de Chepén o del Himalaya, / pero madre hay una sola). / Eso debería lograr que el mar se parta en dos / y yo pueda llegar caminando a Macau.

BI – REY – NATO es un libro que nos regala imágenes vibrantes y desgarradoras. Lugares comunes. Es una mixtura de referentes de aquí y de allá, un grito que nos despierta, nos despabila, nos hace reír y llorar. Un testimonio del ansia de pertenecer y reconocer nuestra identidad, descubrir quiénes somos a través de los ojos del amante. Un encuentro con la unidad. Un recorrido de la mano de una Julia cosmopolita que se entrega y se abre como una flor. Ella nos regala un perfume intenso que se impregna en la piel y permanece en la memoria gracias a sus notas a veces ácidas, a veces dulzonas, pero siempre melancólicas y conmovedoras.

Quisiera concluir leyendo unos versos que iluminan el libro. Si yo fuera poeta, me hubiera gustado escribirlos:

Una mano callosa de un hombre de tierra y cuchillo / se mete en la vagina, rompe esa perfección con un / arito de plata hindú, saca las entrañas podridas de la / ciudad, escupe semillas de sol y gladiolos. Con una / pala y una quena, una hoja de coca y un pedazo de / piedra rosada, reza un conjuro y responde:
“El cactus y su paciencia te perdonan, descansa en / mí y tendrás esa maldita esperanza, esa única leve / esperanza de plantita que reverdece aunque la / pisen”.



Giselle Klatic Salem. Lima, 1976.
Estudió publicidad en el Instituto Peruano de Publicidad. Ha trabajado como publicista, periodista y fotógrafa. En el año 2002 expuso la colección “Retratos del juguete artesanal”, individual de fotografía. “Alguien que me quiera” fue su primera novela, publicada con Borrador Editores en el año 2007, y ha participado en la antología “Matadoras, nuevas narradoras peruanas”, de la editorial Estruendomudo, con el cuento “Las dos orillas”. Actualmente trabaja como redactora creativa en una reconocida corporación dedicada a la producción y comercialización de productos de belleza y escribe el blog “Los 30”, bajo el seudónimo de “La Maya”.

JULIA WONG KCOMT, para leer sus poemas haz click en los siguientes enlaces:

BI-REY-NATO

UN SALMÓN CIEGO

HISTORIA DE UNA GORDA

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